
Por Paula Serrano, sicóloga
El verano puede traer nuevas relaciones, permitir más intimidad con personas a las que conocemos poco, pero sobre todo, puede ser una oportunidad para conversaciones difíciles que están pendientes en la familia.
Es frecuente que las personas digan “No me comprende” o los más humildes digan “No lo comprendo”.
En una conversación, cada interlocutor en una conversación viene de una historia que podemos adivinar, pero que nunca conocemos del todo. Sobre todo en temas con fuerte carga emocional. Ponerse en la historia ajena es un acto de amor grande y nunca es fácil. Esto se agrava cuando la comunicación es con los hijos, que pertenecen a una generación que percibe e interpreta el mundo de manera distinta a los padres, y si además los padres que los vieron crecer creen que conocen esas vidas, que no hay misterios. Se necesita la ayuda del otro para comprenderlo y el otro necesita nuestra ayuda para comprendernos.
Por eso, porque las vacaciones suelen llenarse de diálogos de sordos, algunos pequeños consejos:
-Es legítimo afirmar que uno siente algo (porque es propio). No lo es afirmar que conozco las razones que motivan al otro. Lo correcto sería preguntarle por qué actúa o responde de manera de provocar en uno ciertas emociones. Uno puede afirmar que tal o cual acción del otro lo irrita, enfurece, entristece. Pero decirle que lo hace para hacernos sufrir o porque es irresponsable o egoísta es otra cosa. Tal vez hacer preguntas. Para llegar a conocer mejor al otro. Entender por qué. En el otro, no en uno, en esa otra historia que no es la propia y que tienen motivos, emociones, necesidades distintas. El mero hecho de reconocerlo como otro legítimo puede llevar a un diálogo eficaz.
-Evitar los “nunca” y los “siempre”, que aparte de ser imposibles porque nada sucede siempre o nunca en las relaciones humanas, pone al interlocutor en una posición de defensa que no lleva al diálogo sino a la guerra.
-Distinguir los desahogos y pataletas propios y ajenos de un diálogo. Estos comunican mucho sobre las emociones que están en juego, pero no permiten intercambio. Son legítimas si no sustituyen al dialogo, y es conveniente reconocer después que la verdad es que estábamos agotados, furiosos, escandalizados, golpeados, pero lo que se dijo no era enteramente válido. La emoción sí, el discurso no.
-Repetir en palabras propias lo que entendimos de lo que el otro dijo. Es un chequeo que ayuda al otro a sentirse escuchado, hace más preciso el contenido y nos ayuda a saber si estamos entendiendo bien.
-No buscar acuerdos sino en el largo plazo. Cuando queremos forzar al otro a estar de acuerdo sólo manifestamos nuestra propia ansiedad, no nuestro interés en el otro o en la relación. En una buena relación puede bastar con conocer y comprender los motivos del otro, aunque no los compartamos.
Vendrán más, pero como sólo se cambia a pequeños pasos y las vacaciones no son eternas, por ahora basta con unos pequeños consejos.
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Posteado por: Sybil Vera Vera 27/01/2009 21:42 [ N° 1 ] |
Estimada Paula, como siempre tu columna me encantó, pero esta me llegó al corazón. No sabes cuánto me gustaría hacerlo, pero tengo miedo de colocar en conversación un tema que como familia nos "dolió" hace un par de años, y nos sigue doliendo porque al no hablarlo es como si no existiera. |
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