
Para que exista la sensación de dolor tiene que conocerse el placer; para saber lo que es la saciedad hay que haber sentido hambre; para que la vida se vista de fiesta hay que vivir la rutina. Sin rutina además, nos volveríamos locos. La rutina es un descanso, para grandes y chicos.
Hay quienes creen que las vacaciones son el cambio constante, un panorama tras otro, una fiesta cada día. Hay quienes no salen de Santiago, porque no pueden o no quieren, porque quieren a veces mantener su rutina, pero esta vez sin apuro, sin presión. Y descansan, y lo pasan bien y descubren a veces una ciudad que no querían ni conocían; la propia. Es corriente que alguna madre sienta envidia de las vacaciones rutinarias. Sí, las vacaciones agotan a muchas mujeres, porque son para los otros, no para ellas.
Un inglés recorre el mundo estudiando la felicidad. Llega a la conclusión que la felicidad se da en la intersección entre el sentido y la gratitud. ¿Cómo hacer vacaciones felices y descansar a la vez? Buscar sentido más que vértigo.
Buscar aquellas pequeñas cosas que podemos agradecer a la vida. Por ejemplo, estar en vacaciones. Eso podría ser en sí una gran razón de gratitud. Tener tiempo, mirar lo que no alcanzamos a ver en ese año que nos come los ojos entre tanta cosa, admirar la naturaleza y sus colores y texturas y sus temperaturas en alza y baja. Todo puede ser nuevo y digno de gratitud; basta detenerse. Sin tiempo no hay vacaciones ni hay gratitud, porque no alcanzamos a saber qué nos pasa cuando andamos volando. Pero sobre todo estar en vacaciones puede ser el encuentro con el sentido.
Preguntarse a veces, ¿Por qué, para que estoy haciendo esto? A veces la respuesta es obvia, y no siempre es digna de gratitud. Puedo estar ayudando, o cuidando, o viviendo una pérdida, o apoyando a un hijo en crisis o acompañando a un marido que quiere ver fiordos en barcos pesqueros aunque las niñas se mareen y vomiten. Sí, eso, todo eso puede tener sentido. Pero no necesariamente se cruza con la gratitud para provocarnos eso que se supone son los momentos de felicidad. Pero tal vez si nos detenemos, en la ciudad, el pueblo, en la casa de siempre o en una nueva, en el calor o en la lluvia y pensamos que esto lo elegimos nosotros, que esto es nuestro, mío, tuyo, entonces podría ocurrir que algo en el corazón se suavice o se sobresalte y sintamos que somos afortunados de estar donde estamos, haciendo lo que hacemos.
La esclavitud de las vacaciones convencionales, donde la madres hablan, manejan, trasnochan y pelean más que nunca, difícilmente podrá combinar la rutina que permite detenerse para que la gratitud y el sentido den origen a la felicidad.
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Posteado por: Rosa Donoso Guajardo 10/02/2009 11:15 [ N° 1 ] |
Lo único que sé, que hace rato no salimos de vacaciones, por tanto estamos en una etapa del verano los cuatro en casa, los estudiantes que salen de vacaciones, mi esposo que tiene vacaciones y yo que no tengo vacaciones, porque hay que hacer todos los días lo mismo. Si les pido que hagan algo, ahh no estoy de vacaciones !!!!, entonces????, cuando tendre yo mis vacaciones, me pregunto y lamentablemente nunca tengo respuesta. |
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