
El verano, el descanso, el tiempo compartido nos hace enfrentarnos a la ruptura de muchas fantasías. El niño que vimos estudiar afanosamente durante el año, sigue durmiendo hasta las dos de la tarde y sólo quiere salir de noche y carretear. La hija que se estaba acercando vuelve a pelear cada permiso, cada opinión como si en ello se le fuera la vida. La nana sigue enojándose por las mismas cosas pero ahora se nota el doble. El marido que iba a pasar mucho tiempo en familia después de un año de mucho trabajo y distancia, hace deportes con los amigos, se enfurece si los niños no lo acompañan y alega por los gastos excesivos. La mujer que estuvo medio deprimida y cansada en el año y que planeó estas vacaciones con tanto empeño, está refunfuñando por las mismas cosas, que los celulares no paran, que nadie conversa, que hay que apagar la tele, que para eso vinimos a la playa, que la cara de aburrimiento de los niños no ha cambiado o al revés que hay tanto entusiasmo con el ambiente que la familia no importa.
Invade entonces a los adultos una leve frustración, al constatar que ésta es la familia que tienen y que, aunque el ambiente cambia algunas cosas, todo sigue de una u otra forma… igual.
No es así, no del todo. El presente, con esos ratos a veces agotadores de la vida en familia, sólo se vive una vez (como dice una canción) y uno no lo sabe hasta que ya es pasado. Es fuerte constatar que cada minuto que se vive es en anticipo de algo que no sabemos hoy pero que adquirirá sentido mañana. Basta peguntarles a los viejos, que añoran las pequeñas peleas cotidianas de una familia que ya no es sino a medias: unos en el extranjero, otros enfermos o lejanos ya de los vínculos que alguna vez fueron importantes. El niño dormilón hoy es insomne o porque era dormilón se convirtió en un gran filósofo, la hija peleadora es una gran mujer, el bien portado está aún en la casa o tiene una señora que lo controla y no lo deja vivir. Podemos inventar cualquier final, podemos soñar cualquier futuro.
Lo importante es que el futuro se sueña y se teme, pero no existe.
Además, hay algo emocionante en que nada cambie mucho, así sabemos que somos los mimos y que por eso nos queremos tanto, aunque nos odiemos a ratos, sobre todo si nos vemos mucho. La identidad es algo muy fuerte y la ciencia descubre día a día que está genéticamente determinada en aspectos no menores. Por lo tanto, aunque cambiemos mucho, seremos siempre un poco los mismos.
Hay belleza también en que todo siga igual.
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