Por Peggy Orenstein, The New York Times
Alguien a quien no he visto en décadas, acaba de postear una foto mía en Facebook; ahí estoy a los 16 años, vestida con un desafortunado sweater con cuello holgado, y mi corte de pelo que parece una bola de algodón. William Faulkner, sospecho, lo amaría. Facebook, después de todo, es la mejor evidencia que existe hasta ahora de un pasado que no muere.
Desde que me inscribí hace un par de meses, me he sentido empujada a un episodio perpetuo de "Ésta es tu vida" (completa, con comerciales). "Amigos" del jardín infantil han reaparecido, así como también profesores de media (incluyendo a uno que me apoyó contra una pared en una fiesta de graduación y me dijo: "Ahora no hay mucho que mirar, pero cuando tengas 30 vas a estar increíble"). He vuelto a tener contacto con el hermano de un amigo que murió, he redescubierto a mis compañeros de la universidad, y a los colegas de mis primeros días en Nueva York. Estoy, por turnos, sorprendida, tocada y horrorizada por estas amables brisas y gélidas ráfagas del pasado.
Todo es posible porque en realidad tengo uno, un pasado, eso es. Así es para la mayoría de las personas de mi edad, y aparentemente, estamos en plena excavación de él: Hubo un aumento estimado de 267 por ciento en los usuarios de Facebook de entre 35 y 54 años durante los últimos seis meses de 2008, llegando a un total de casi siete millones. A pesar de todo, ese número parece pequeño al compararlo con los casi 25 millones de usuarios menores de 25 años. Eso me da que pensar. Ellos no pueden estar haciendo lo que nosotros estamos haciendo, ¿cierto? ¿Qué tienen ellos que mirar hacia atrás? Además de todas las discusiones que Facebook ha despertado - a partir del narcisismo de sus "25 cosas sobre mí", su destrozada sintaxis ("Peggy está fin de semana"), las políticas truculentas de a quiénes elegir como amigos (¿amigos reales?, ¿extraños?, ¿conocidos?)- , su impacto más profundo puede ser alterar, o incluso borrar, las convenciones tradicionales del pasado, cambiar la forma en que la gente joven se transforma en adulta.
Seis de mis sobrinas van a partir a la universidad dentro de los próximos años. Algunas han estado facebooking desde quinto o sexto básico. Incluso cuando dejen su hogar, entonces, se van a mantener ligadas a ese botón de "hogar" en la página. Eso es difícil de imaginar para mí. Como una sobreviviente de la era de postales y estampillas, la universidad fue mi gran oportunidad para descubrir cuáles eran los roles que tenía en mi familia y comunidad para los que ya estaba demasiado grande, para ocuparme en el embarazoso, excitante, complejo y maravilloso trabajo que es crear una identidad adulta. ¿Puedes realmente hacer eso con tus 450 amigos más cercanos mirando, todos gorjeando para afirmar hasta el hastío tu ser presente? Los íconos culturales de mi infancia fueron Mary Richards, de "The Mary Tyler Moore Show", y Ann Marie de "Esa niña", ambas sin duda tratando de lograr las cosas por sí mismas. Siguiendo sus liderazgos, me fui a la universidad (donde no conocía a nadie) y a San Francisco (tampoco), refinando mi ser adulto con cada salto. Ciertamente, me mantuve en contacto con algunos viejos y verdaderos amigos, pero nadie más - ¡gracias a Dios!- fue testigo de las muchas y espectaculares caídas en el camino a descubrir qué y quién quería ser. Incluso ahora el tiempo de los tiempos se mezclan cuando abro Facebook: es como si fuera simultáneamente la periodista/esposa/mamá en Berkeley y la niña torpe que dejé atrás en Minneapolis. ¿Podría haberme convertido en lo primero si hubiera estado perpetuamente amarrada a lo último?
Las redes sociales online son tan nuevas que es imposible conocer sus impactos a largo plazo. Existe alguna evidencia de que los estudiantes universitarios tienen sentimientos mezclados acerca de ser conejillos de indias para la era de las amistades falsas. Una estudiante entrevistada para una investigación de por qué y cómo los universitarios usan Facebook, que fue publicada el año pasado en el Journal of Applied Developmental Psychology, admitió que el hecho de que "amigos" que no veía hace años conocieran detalles de su vida personal, la hacía sentir incómoda. "Alguien que había conocido en el pasado acababa de terminar con su pololo", me dijo una de las autoras del artículo, Sandra L. Calvert, profesora y directora del departamento de psicología en la Universidad de Georgetown. "Y ella sintió que sabía todos los detalles íntimos de la vida de esta persona, a pesar de que no habían estado en contacto por cinco años". Por otra parte, un estudio publicado en 2007 en el Journal of Computer–Mediated Communication, sugirió que mantenerse ligados a amigos del pasado mediante Facebook podía aliviar sentimientos de aislamiento para estudiantes cuya transición hacia la vida de campus había probado ser difícil. Evidentemente se sentían cómodos al saber que "Dylan está tomando Peets".
Eso puede ser, pero algo está ahogado en esa taza de café virtual; una oportunidad para introspección, para el crecimiento a través de la soledad. Tal vez mis sobrinas encuentren una nueva manera de establecer distancia de sus antiguas "ellas", de encontrar espacio para la introspección y la transformación. Tal vez van a evolucionar a través de acertados cambios y actualizaciones de su información de perfil, a través de la constante consciencia de su rostro público. Quizás el coro griego de los amigos del jardín infantil va a ser más ancla que albatros, dándoles la fuerza para tomar riesgos o mantenerse firmes en los tiempos difíciles. Puede ser que mi generación haya sido la anómala, que Facebook marque un regreso al tiempo en que la gente se mantenía unida a sus comunidades de por vida, con conexiones profundas, pares que los retenían si se alejaban demasiado de la norma, padres que esperaban que vivieran en la casa hasta el matrimonio. Más probablemente, lo mismo que nos atrae a nosotros los mayores a Facebook - el señuelo de los buenos tiempos pasados- sea lo que lo deshaga. Los niños, quienes inevitablemente quieren clavar una estaca en el corazón de sus vidas pasadas pueden simplemente abandonar el servicio (¿se acuerdan de Friendster?) y encontrar algo nuevo: algo que todavía no se haya formado, algo por inventar. Algo muy parecido a ellos mismos.
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