Juan Luis Salinas
Martes 07 de Abril de 2009
Fantasía en cuché


Son las cinco de la tarde de un nublado febrero de 2008. Es plena semana de la moda neoyorquina, pero esto no sucede en ningún desfile. Tampoco en la espera previa de mis quince minutos para entrevistar, a fondo, a un diseñador que me recibirá sonriente con su ejecutivo de relaciones públicas, quien me apurará porque viene el turno de otros siete periodistas de moda. Nada de eso. Estoy en el sótano de un edificio de ladrillos café en el 126 de la calle 12 en el East Village, en una librería especializada en revistas de moda de todas las épocas. Una tienda llamada Gallagher´s Paper Collectables y que me apabulla con sus altas filas de estantes repletos de revistas que se extienden por sus siete oscuras habitaciones.

A mi alrededor el aire tiene una extraña mezcla de tinta vieja sobre papel cuché gastado que se niega a perder su brillo. Un lugar con aroma a recuerdos en colores. Un lugar donde, lo asumo, no me molestaría quedarme a vivir.

Llegué a Gallagher´s Paper Collectables por casualidad. Había terminado el desfile de Carolina Herrera en Bryant Park, cuando Noel, una reportera uruguaya de un canal de modas argentino, me habló de este lugar y de Michael Gallagher, su dueño.

—Tengo que hacer una nota de un tipo muy freak que vende revistas, catálogos y libros de moda casi imposibles de encontrar. Tiene una librería medio underground donde van todos los diseñadores, fotógrafos y periodistas para documentarse—, me dijo cuando le pregunté a qué desfiles de esa tarde pensaba asistir. Apenas terminó de contarme sus planes, no le quedó otra opción más que llevarme como compañía.

En un par de minutos, ya estábamos instalados en un taxi con su camarógrafo, rumbo a lo que anunció como el paraíso de los que todavía encuentran cosas nuevas en las imágenes antiguas.

Eso fue hace tres horas. Noel terminó de grabar su nota, pero yo me quedé aquí embelesado con revistas que jamás pensé hojear, con portadas que sólo había visto reproducidas en libros o en internet. Lo primero que pedí a una de las encargadas del lugar —una rubia de anteojos azules, cola de caballo y suéter negro— fueron distintas ediciones de Vogue de los años ’20 y ´30, esas que tienen portadas ilustradas con acuarelas de mujeres muy pálidas, con vestidos de caída perfecta y en espacios irreales. Después miré distintas revistas “mod” británicas con Twiggy en minifalda o el número pop que Harper´s Bazaar publicó en abril de 1965 con la modelo Jean Shrimpton fotografiada por Avedon. Luego puse mis ojos en la colección de fotografías que el francés Guy Bourdin realizó para la línea de zapatos de Charles Jourdan y en el libro “A wonderful time: An intimate portrait of the good life”, porque la rubia de anteojos me aseguró que lo revisaban los diseñadores jóvenes de la escuela de diseño de Parsons por sus imágenes del jet set de los ´60: Jackie O. en fiestas y otras millonarias retozando en enormes piscinas con columnas griegas.

Fue entonces, cuando, por fin, pedí lo que tenía en mente desde que bajé las escaleras del edificio hacia la librería: la edición de Vogue USA de octubre de 1983. La primera revista de moda de las grandes ligas que tuve en mis manos. La primera con moda fresca y con tendencias, aunque entonces esa palabra ni siquiera importaba. Pero era la más top, después de haber mirado la desteñida colección de Eva que mi abuela guardaba en su velador, las Burda que la costurera del barrio tenía como su gran posesión y los ajados números de Vanidades que encontraba en la peluquería. Porque entonces, a los diez años, me parecían más “actuales”.

Mientras esperaba que la chica llegara con la revista, en mi estómago se instaló un agradable hormigueo. Comencé a recordar y me di cuenta de que sólo tenía claro que Brooke Shields era la protagonista de su tapa con los ojos marcados, el pelo abultado y aros tan grandes como dorados. Del resto de su contenido, cero registro. Lo que sí tenía claro era la extraña forma en que esa “novedad” brillante en papel cuché llegó a las manos de ese niño que era yo: un mocoso callado que vivía en un pueblo del norte chico donde sólo se vendían los diarios los domingo y que siempre cargaba un viejo atlas donde, ya obsesionado con las fotos de moda, escondía las revistas para mirarlas tranquilo.

Entonces vivía con mis abuelos, quienes para palear la recesión de esa época, decidieron recibir como pensionistas a los profesionales que llegaban a trabajar al pueblo. Una de las primeras fue una gringa que se llamaba Patty, una enfermera medio hippie que venía de intercambio a trabajar en el consultorio municipal. Larga, narigona y siempre de túnicas, prácticamente llegó con una mochila, un diccionario de español-inglés y unas revistas que durante los meses que estuvo en la casa sólo me contentaba con mirar a lo lejos. Hasta que se fue y las dejó abandonadas en su dormitorio. De todas, en su mayoría revistas de música, la única que rescaté fue ese ejemplar de Vogue con la “niña de La laguna azul”.

Recuerdo que durante varias semanas no me cansé de hojearla antes de dormir y traté de traducir infructuosamente con un diccionario de bolsillo las lecturas de las fotos que acompañaban a las modelos. Hasta que un buen día, la Tato, mi mejor amiga de infancia, me convenció de recortarla para hacer un collage que nunca terminamos, porque no tuvimos el pegamento suficiente. Y la revista quedó ahí como un ahuecado esqueleto de papel que mi abuela botó a la basura.

Ahora, miles de revistas después y a otros miles de kilómetros de mi infancia, con ese viejo ejemplar de Vogue ya en mis manos me sorprendí con la exactitud con que recordaba su portada; con sus fotos de los desfiles de alta costura que curiosamente se parecían a muchas de las cosas que había visto en la pasarela neoyorquina el día anterior, y con la larga entrevista al escritor Philip Roth. La hojée y la hojée, hasta que decidí comprarla. Entre los estantes repletos me acerqué a la rubia y le pregunté cuánto valía con un inglés nervioso y avergonzado. Ella revisó en su computador y me dijo que no estaba a la venta. Que era un ejemplar de colección que ya estaba encargada por otro comprador, alguien que trabaja en una casa de modas. Tomé aire y me quedé mirando la cara de Brooke Shields. Por un instante sentí que desde el papel cuché, Brooke me sonreía irónicamente.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
Ximena Ortiz C
14/04/2009 15:49
[ N° 1 ]

Juan Luis, la mejor de las suertes en esta experiencia laboral.

Que te permita transmitir a tus lectores todo el cúmulo de sensaciones, imágenes, vivencias que se nota tienes para compartir.

Suerte!!

Email Contraseña

Archivo

      Noviembre 2009     
Do Lu Ma Mi Ju Vi Sa
1 2 3 4 5 6 7
8 9 10 11 12 13 14
15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28
29 30          

Los más comentados

Corre, Lola, ¡corre!

600 comentarios

Valentine’s day

389 comentarios

31: ¿Capilla o catedral?

218 comentarios

Día de furia

198 comentarios

Baby steps

198 comentarios

Treinta y uno: It’s my life

175 comentarios

31: Que vuelvan los lentos

167 comentarios

Los más recientes

Ovejas beige

1 comentarios

Disonancia Cognitiva

0 comentarios

Esté alerta a que su hijo sea víctima de hostigamiento

7 comentarios

Exijo una explicación

118 comentarios

Qué favorece la felicidad en los niños

0 comentarios

Acusaciones Inútiles

0 comentarios

Conejita (not) Playboy

75 comentarios