Óscar Contardo
Martes 07 de Abril de 2009
Ovejas beige


El uniforme puede ser un síntoma, un rasgo atávico que tiene sus raíces en la idea del orden como monotonía, la pulcritud como falta de imaginación y la sobriedad como una máscara para la pobreza. En nuestro caso, el chileno, tiene períodos de gloria, auges estéticos más o menos evidentes. El paisaje humano sucumbe a la uniformidad como tabla de salvación de manera a veces metafórica y otras tantas literal.

El terremoto del 60 tuvo entre sus muchas consecuencias el establecimiento de un uniforme escolar único, un hito en el desarrollo de esta idea-fuerza. La catástrofe y la necesidad como puntapié inicial al camuflaje masivo. Se crean entonces los cimientos de la cosmovisión que tendría su máximo esplendor en la generación educada en los 80. Aquella que se formaba en fila y asistía al acto solemne de los lunes y al desfile de rigor en los onomásticos de la república. Jumper, vestón y zapatos negros bata biónicos, nucleares o con el poder de grayskull en un país en donde la industria textil local sucumbía a la importación del oriente pujante y hacendoso. Sin industria textil propia dificilmente habría diseño local, menos factoría de moda; lo que sí hubo fueron contenedores con polyester barato venido desde el otro lado del océano, con ropa barata, de planchado veloz y estática segura. El paño de factoría propia sucumbía a la fibra de oriente para surtir los inicios de las grandes tiendas de crédito fácil y pie chiquito. Se mantuvo eso sí la costumbre de evitar el desvaría cromático, limitándolo a la estrecha gama de colores que hay entre el beige y el azul marino (pasando por el gris-ratón). En la casa popular el imperio de la modista de barrio tenía su brújula en las revistas femeninas con patrones para costurear. Páginas que se desplegaban como mapas estelares para tentar a la dueña de casa a tijeretear su propia solera, su falda tres cuartos, su sentadora blusa floreada. Eran los años del delantal como prenda oficial en el esquema doméstico inspirado por Cema Chile: aires rurales, hábitos marciales y vocación maternal.

La ropa entendida como funda, el estilo como adorno, y el gusto como una barrera peligrosa que hay que vigilar entre todos, como el inspector que revisa el largo de pelo, suprime los aros impropios y el calcetín colorinche. En los 80 la masa, el público, la audiencia era color crema tirado a plomo, con tintes azules, mocasín café, camisas Jayson, zapatos Royle, taco reina, North Star blanca y buzos Haddad. Los que no se ajustaban al paisaje caían bajo sospecha, era mal mirado y peor recibido. La artista visual Bruna Truffa fue detenida por las fuerzas del orden en el metro Universidad de Chile por vestirse “como travesti” (según ella misma cuenta). Truffa pretendía ser new wave, lo que más o menos consistía en maquillarse mucho y mezclar prendas fosforescentes con la silueta capilar de Fido Dido. Mi cabo no entendió el concepto. El incipiente movimiento punk también enfrentaba la hostilidad del medio intolerante al outfit que inspiró a la Westwood. De hecho la banda Fiskales Ad Hoc preferían salir los días de lluvia a la calle porque había menos gente y nadie les gritaba groserías por su aspecto.

El uniforme como aspiración de orden sólo se rompe entonces con la cultura juvenil que desechaba el charango como accesorio respetable y se rendía al plástico, la polera flashdance o las extrañas y desconocidas marcas que surgían de la pantalla grande. Había algo allá afuera. Cosas raras, la mayoría gringas, marcas ignotas, etiquetas seductoras, bandas de aspecto desconocido. Eran asuntos inalcanzables como las zapatillas Nike en Terminator, los Levi´s etiqueta naranja de Magnum, las hombreras fucsias de los hijos de Bill Cosby que anunciaban el multiculturalismo Benetton en clave Reagan. Fogonazos de vida exterior que sólo un viaje a Mendoza podía poner a la mano. Pocos sabían en Chile como lucía The Clash, con qué se peinaban los Cure, cómo lograba poner naranja su pelo Cyndi. Había que confiar en la tele, la única ruta segura que podía entrar en contacto con el universo más allá de las fronteras. Pero en la confianza estaba el peligro. La música de New Order (británicos new wave de sintetizadores) sonó durante un año en Sábados Gigantes para enseñar breakdance (afroamericanos raperos pinchadiscos) y el movimiento hip hop (callejero) fue para Chile sinónimo de MC Hammer (rebelde de laboratorio). La tendencia llegaba masificada, deglutida, transformada en serie en versión plástica con poca información sobre el origen, sin referente ni referencia más allá de la autoridad conferida por aparecer en la tele o en el poster de la revista Vea. Años regidos por La Moda al Día, el comercial de Shopping Group y la transgresión de Parada 111 (la autoridad en jeans). Si la moda es por definición aquello que se repite, el uniforme es la exaltación comatosa de la moda transformada en pánico y la gente en ovejas color beige soñando con pantalones amasados color pastel.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
José Rodrigo Montero Barros
13/04/2009 18:00
[ N° 1 ]

cri-cri-cri-cri-cri...etc, etc, etc....

Posteado por:
Angelo Delmastro
14/04/2009 16:05
[ N° 2 ]

está muy bueno

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