
Con frecuencia, cuando los hijos van al psicólogo, se llenan de explicaciones negativas sobre los padres. A veces, incluso se las enrostran con agresividad.
Siempre los hijos han tenido momentos de decepción, rabia, resentimiento, vergüenza y dolor en la historia con sus padres. Antes de la psicología, se vivían de maneras distintas, con rebeldías abiertas o encubiertas, con síntomas variados de rabias encubadas. Nada nuevo bajo el sol, hoy los psicólogos ayudan a sus pacientes a ponerle palabras a sentimientos escondidos.
¿Que deben hacer los padres? Escuchar y comprender, por ningún motivo sentirse culpables. Ellos hicieron lo mejor que pudieron, dadas sus propias historias, biografías, heridas y recursos internos. Y para algún niño funcionó mejor que para otro. Así no más es, fue y seguirá siendo.
¿Cómo perderle el miedo a las palabras doloridas o dolorosas de los que amamos? Tal vez la mejor manera sea restarle valor a las palabras. Lo que se dice cuando hay rabia o impotencia o resentimiento es más un desahogo que una verdad. No hay verdad en la psiquis, hay percepciones, hay emociones, hay olvidos que vuelven como imágenes inesperadas, hay recuerdos reinterpretados. Pero no hay verdad. Por lo tanto, lo que escuchamos es eso, un vómito, una pequeña y necesaria venganza, una necesidad de buscar acuerdos sobre lo que pasó. Aquí no hay culpables.
Porque ese padre o madre podrá a su vez explicar su propia torpeza afectiva a través de su propia historia y así hasta Adán y Eva.
La psicología no busca culpables, sólo ayuda a ver e interpretar el presente según experiencias pasadas. Y cada uno, en su generación y en su cultura, adoptó las formas que entonces parecían las adecuadas. Entender el origen de nuestros miedos y ambiciones ayuda a relativizarlos.
Lo que se vive influye en la manera de ser padres, pero nunca determina la vida de los hijos. La historia abunda en ejemplos de grandes hombres y mujeres cuya infancia o relación con sus padres fue ingrata, o terrible, o inexistente. Que nadie culpe a un padre o a una madre normal de nada. ¡No lo permitamos!
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