
Si los seres humanos queremos vivir juntos, trabajar juntos, hacer familia, tenemos que aceptar que siempre habrá conflictos. ¿Por qué? Porque cada ser humano es único y distinto de los otros.
En Chile, el conflicto no es valorado. Y eso es peligroso porque siempre es mejor una pelea abierta y legítima que la violencia utilizada en su reemplazo.
La política es una actividad donde el conflicto es inevitable. Sin embargo, surgen voces que advierten en contra de que hagamos explícitos los conflictos. Es imposible, porque quien disiente de otro y lo hace con pasión, va a entrar en conflicto con su adversario… necesariamente. Las parejas, para irnos la otro extremo de la vida pública, son inevitablemente conflictivas, porque hay dos seres humanos tratando de exponer puntos de vista diversos en ámbitos que afectan a todos los que viven juntos, en particular a ellos, el hombre y mujer que forman la familia.
Curioso que en la política el conflicto se quiera silenciar y que la indicación para las parejas sea la contraria, que los conflictos de expresen. Si no es así, la relación se distancia. Con frecuencia, uno de los dos se deprime de pura soledad. Y pasa también que se instala una violencia y un resentimiento que permean la relación en forma permanente y que daña a los hijos que viven en un ambiente de conflicto frecuente que no es conflicto, por lo tanto, no tiene nombre, por lo tanto, no hay como defenderse de él.
Expresar un conflicto no es necesariamente llegar a un acuerdo. A veces sirve solo para dejar constancia de que no hay acuerdo. Y eso ya es mejor que el silencio o la indiferencia o la resignación o el miedo.
Los candidatos a la presidencia tienen que pelear porque tiene visiones distintas del mundo y proyectos distintos para el país. No agredirse o descalificarse. Pero aquí todos queremos que ser adversario sea como un lecho de rosas. Discrepo de esa postura, ya que lo que se muestra en la vida pública es un modelo para la vida privada en un país; va armando una cultura nacional. Si una pareja o una madre y su hijo tienen discrepancias de fondo, lo que hacemos en terapia es hacerlo explícito, con la pasión y la compasión por el otro que cada uno pueda aportar, pero jamás hacerlo tan educadamente que parezca que estamos hablando del tiempo. No, los conflictos son con pelea y con dolor, y son así porque nos importa. De lo contrario, no habría conflicto.
¿Y si perdemos un poco el miedo, y peleamos con reglas claras? Seríamos más sanos.
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