
Todos somos egocéntricos y a veces un poco paranoicos. De manera que tendemos a interpretar lo que nos ocurre en nuestras relaciones desde nuestra perspectiva y nos olvidamos de la ajena.
Todos, todos, tienen, tenemos, pequeños y grandes tormentos.
La mujer que sale con un hombre con quien añora formar una relación, súbitamente no sabe más de él. Ella cree que ha fallado, que no ha sido elegida, que algo hizo mal, que la abandonaron. Luego se llena de rabia y cuando se lo encuentra no lo saluda. Ese hombre supo que su mujer, que recién se había separado de él, estaba ahora pololeando con un buen amigo suyo y que esa relación llevaba ya varios meses cuando él se fue de su casa. Fue su tormento lo que lo alejo de ella.
El joven que fue excluido de unas vacaciones al campo con sus amigos, sufre su primera “depre” porque no puede entender qué tiene él de malo que amerite esta exclusión. La razón nada tiene que ver con él. La madre del dueño del campo tiene viejas y ocultas rencillas con la familia de este joven y le prohíbe a su hijo invitarlo sin más. Estas antiguas rencillas vienen de tormentos lejanos, de su padre que perdió todo a manos del abuelo del joven excluido.
Una niña sufre porque su amiga no le contesta el teléfono, se aleja y luego arma una pelea ficticia para vengarse. La niña no le contestó el teléfono esa semana porque sus padres se lo cortaron. Estaban en aprietos económicos, algo que la niña nunca mencionaría ante sus amigas. La vergüenza a la pobreza… su tormento, el suyo, no el de todos.
Y así podríamos escribir un libro sobre cómo interpretamos las acciones ajenas desde nosotros y no desde el otro.
Nos olvidamos que la mayoría esconde sus pequeños tormentos. No los grandes, no aquellos que nos hacen víctima evidente de otro o de la mala suerte. Pero los tormentos de los que nos avergonzarnos, esos quedan guardados cuidadosamente. De manera que los otros no podrían adivinarlos. Pero sí darnos el beneficio de la duda.
Es sorprendente el dolor que nos ahorraríamos si al menos nos diéramos un minuto para pensar que las conductas del otro, que nos duelen, no son siempre causadas por nosotros, que los otros tienen vidas, secretos, que desconocemos.
Sólo cuando una actitud de rechazo o de agresión es reiterada, tenemos derecho a pensar que nosotros la causamos.
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“Nos olvidamos que la mayoría esconde de los demás sus pequeños tormentos”.
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Posteado por: Ana Victoria Molina Betancor 17/10/2009 12:17 [ N° 1 ] |
Cuán cierto. E importante descubrir eso, porque precisamente con quien más difícil resulta la convivencia a veces es con las personas más egocéntricas en ese sentido (que a su vez no se sienten muy felices, porque no disfrutan de un buen entendimiento con los que las rodean). |
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