
No todo puede cambiar, menos aun en la psiquis. Hay algunas personalidades que por combinación de genética y de experiencia, hacen muy difícil que podamos esperar cambios verdaderos, aun en una psicoterapia, aun con medicación ultra moderna.
Igual como el cáncer aun no tiene cura y como el Sida no tiene remedio pero se mantiene a raya, el cerebro es aún un misterio grande para la ciencia. Se ha avanzado muchísimo y hoy se pueden curar depresiones y mantener a pacientes psicóticos estabilizados por años y años, pero queda mucho por descubrir. Y mientras no sepamos (tal vez nunca lo sabremos con certeza), sí podemos interpretar, deducir, diagnosticar.
Al mismo tiempo, la vida en las grandes ciudades y la velocidad del cambio a que estamos sometidos ha obligado a regular mucho el comportamiento de los ciudadanos en sociedad. Lo permitido, lo normal, es cada vez más estrecho y hay poco lugar para los “locos” y los excéntricos. Todos quieren ser muy normales para sentirse parte del mundo en que viven. Y quieren que los otros también lo sean. Evitar problemas.
La necesidad de cambio para los que se sienten “diferentes” es fuerte y lo es también para sus familias, sus amigos, su entorno. El problema es que querer cambiar no basta. A veces los daños no lo permiten. Por eso la psicología esta planteando hoy terapias que se muevan entre la aceptación y el cambio. Aquellos que no podemos cambiar podemos administrar, tolerar, compartir.
Ha sido muy bueno para los pacientes, pero ha costado mucho que quienes los rodean perdonen a la psicología el “fracaso” de no conseguir el cambio.
Desgraciadamente esto poco tiene que ver con la psicología. Los valores sociales de la tolerancia y la compasión, del gusto por lo diverso, del amor como aceptación de los límites, quedó en el pasado. Las parejas, los padres, los subalternos, las amigas, se preguntan por qué la psicóloga no cambia al paciente después de años de terapia. El marido se pregunta por qué su mujer no cambia si él lo necesita para salvar el matrimonio.
No es tan fácil. A veces no se puede. Y los psicólogos ayudamos también a aceptar limitaciones para no sufrir y hacer sufrir, como antes hizo la familia con sus hijos más “difíciles”. Lo grave es que hoy ya no es así. La aceptación está pasada de moda y ha sido reemplazada por la ilusión omnipotente de que el cambio del otro nos haga a nosotros la vida más fácil.
Invito a probar la paz que acompaña la aceptación, para quien la da y para quien la recibe.
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