
Pocas cosas resultan más empobrecedoras para las relaciones interpersonales que los estereotipos que nos formamos de las personas incluso antes de conocerlas. Un estereotipo es una generalización que habitualmente se relaciona con algunas experiencias personales y con elementos que el ambiente le ha asignado a una categoría de personas. Por ejemplo, los europeos tienen el estereotipo que los sudamericanos son ladrones.
A pesar de nuestras mejores intenciones de ser abiertos y no actuar en forma discriminadora con los demás, si nos ponemos la mano en el corazón, tendremos que reconocer que los estereotipos son una fuente influyente en la forma en que juzgamos y establecemos las relaciones interpersonales.
Los estereotipos llevan a sobresimplificar o, más bien, a caricaturizar a grupos y a personas. Lo que es más grave, incluso a veces estereotipamos la forma en que percibimos y que interactuamos con nuestros hijos.
En la novela “La elegancia del erizo”, de la joven y talentosa escritora francesa Muriel Barbery, la influencia discriminatoria de los estereotipos está magistralmente descrita. Una de las protagonistas es una adolescente de una extraordinaria inteligencia crítica y que está en abierto conflicto con sus padres. Escribe en su diario: “He aquí mi idea profunda del día: es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y va más allá de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo sin embargo que es profundo. Nunca vemos más allá de nuestras certezas y lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos”.
Y termina el capítulo con una petición: “Yo le suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente”.
Claramente, cuando miramos desde los estereotipos que nos hemos construido, miramos al que tenemos al frente con unos anteojos que, en vez de mejorar la visión, la distorsionan. Los padres les heredamos en sentido metafórico a nuestros hijos unos anteojos con los que ellos miraran la realidad.
Cuando en la mirada de una persona hay muchos prejuicios negativos en relación a otros grupos, será una mala herencia, porque esta actitud prejuiciada no le permitirá relacionarse con los otros desde una postura abierta ni aceptar la diversidad. La limitación de los propios prejuicios actuará no permitiéndole conocer la realidad de las personas con las que se relaciona sin distorsionar, creando una distancia marcada por la intolerancia.
Estos estereotipos a veces se refieren a prejuicios raciales, como sostener que los italianos son muy apasionados o los alemanes son muy rígidos. Otros prejuicios se refieren a profesiones o a clases sociales, como que, por ejemplo, los pobres están en esa situación porque son poco trabajadores. Pero a cualquier aspecto de la realidad a que se refieran, lo que se transmite es una actitud de no aceptación, que genera distancia y que suele ser causa de graves discriminaciones que han causado mucho sufrimiento a lo largo de la historia.
Mirar a los otros, contactándonos y visibilizándolos con lo que realmente son, nos hará mejores personas a nosotros y a nuestros hijos. Especialmente a ellos, quienes vivirán en un mundo en que la diversidad será la norma.
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Posteado por: Antonio Basauri Puelma 05/01/2010 11:40 [ N° 1 ] |
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