—¿Y? —pregunta Emilio Pereira cuando le cuento que me encontré con Noelia, la chica que hace 25 años me dejaba mudo.
—¿Qué tal está?... ¿cuántas piscolas?... —prosigue, arquendo las cejas, notoriamente entusiasmado y justificando por qué Paola no lo ve con muy buenos ojos. Ella odia que los hombres cataloguemos a las mujeres así, con piscolas.
—¿Qué hiciste? —inquiere, ansioso, al saber que ella me escribió un mail para que nos juntáramos de nuevo.
—Nada —le digo.
—¿Nada? ¿Cómo nada?
No se lo comento ahora, pero hace casi dos años Pereira terminó un largo noviazgo para volver con una ex polola que un par de semanas después volvió a ser ex. Muchas veces me ha dicho que fue un error imperdonable, un salto al vacío, una apuesta en la que perdió todo: “Hasta la dignidad”, me confesó una vez sin darme detalles. Nunca habla mucho del tema, pero creo que mi historia le recuerda, en parte, la suya, y pese a que sabe que ha metido la pata, no puede ir en contra de su naturaleza y no comprende que yo no haya hecho nada.
Pereira, repentinamente aburrido, suspira sin perder de vista el fondo de su jarra de cerveza.
Claro. Pude haberme juntado con Noelia, hablar de nuestra adolescencia, de la vez que fui a casa de su hermano con la esperanza de que me hablara, del día en que me quedé mirándola mientras se abrochaba el cordón de la zapatilla, de lo mucho que me gustaba cómo afirmaba sus cuadernos contra su pecho, del modo en que su pelo oscilaba en su espalda mientras caminaba. Pude haberle preguntado qué pasó con ella después de ese verano en quetodos en el barrio, como un secreto que va de boca en boca, nos enteramos que estaba embarazada y tal vez le habría preguntado cómo reaccionaron sus padres, qué pasó con su pololo, por qué nunca más volvimos a verla, dónde se fue. Y seguramente le hubiera dicho, a modo de anécdota, que nadie la volvió a mencionar y que su nombre se apagó para siempre en nuestras conversaciones privadas de adolescentes, como un acuerdo tácito de algo que no entendíamos del todo.
Esa tarde en el café sólo hablamos de generalidades y de nuestra vida actual, nuestros trabajos, nuestros hijos y un par de recuerdos vagos y sin importancia. Quedé con la sensación de que había perdido la oportunidad de preguntarle todas las cosas que quedaron colgando hace 25 años, pero tampoco era el momento de revelaciones ni confesiones, y, por último, qué me importaba esa parte de su vida, qué tenía ella que contarme nada. Por eso cuando llegué a mi departamento ya había convertido ese encuentro en sólo un dato que no hubiera despertado ningún comentario si no fuera por ese mail que me envió pocas horas después.
—¿Pero, nada? ¿No le respondiste nada? —insiste Pereira.
—Sí, claro que le respondí. Le dije que me iba de vacaciones con mi mujer y mi hija, y que a la vuelta volviéramos a hablar.
—Chuta. Duro y claro.
La chica que atiende nuestra mesa se lleva las jarras vacías. Pedimos la cuenta.
—Pero dime una cosa, Pelayo. De corazón, ¿cuántas piscolas?
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Posteado por: Rene Canello Schiappacasse 02/03/2010 10:28 [ N° 1 ] |
condecoración a Martina Maturana: Muchos saludos, René Canello Schiappacasse |
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Posteado por: ALFREDO ROMUALDO GARRIDO MADRIAZA 02/03/2010 14:13 [ N° 2 ] |
mas que todo las piscola es un paso mas ,pero es importante lo ocurrido en la isla juan fernández y esa historia mas bien relato de rene y martina ,avisar o intuir algo verdadero en esto dia de mucha fuerza para todo compatriota que pasa por momentos dificiles.es muy estimulante el hecho de la forma que sea para estar bien ...y estar con vida por que lo mas importante ....la vida lo demas de poco llegara |
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