
La madrugada de aquel sábado no me despertaron los cuadros cayéndose de las paredes, ni los azulejos del baño trizándose en el suelo, ni la sinfonía de platos y cucharas tintineando en la cocina. Lo que me despertó de un salto fue el grito de Paola. Ella es de las que, para los terremotos, salen a la calle golpeándose el pecho y sollozando una plegaria, pensando que ya ha llegado el fin. Ella, tan segura que se ve, tan ejecutiva, tan calculadora, tan moderna, tan fría a veces, resulta que muestra la hilacha cada vez que se mueve la tierra más de la cuenta. Hasta ahora nunca la había visto así, sentada en la cama, tratando de tragarse su grito y llevándose la mano al pecho una y otra vez, como si estuviera atorada en su propia desesperación.
Me lo contó cuando nos conocimos y hablamos acerca de dónde nos había pillado el terremoto del 85. Yo le hablé de cómo se movieron las paredes de mi casa de entonces, que es lo único que recuerdo nítidamente, y de la desesperación de mi madre, que parecía que se fuera a morir de un infarto allí mismo. Paola me escuchó hasta el final y, tras un breve silencio, parecido al que antecede las confesiones, dijo que tenía algo que contarme: su relato de histeria y descontrol parecía sacado de una película italiana. No podía imaginarla. Pronto me enteré que su conducta era heredada de doña Hortensia, mi suegra, que a su vez la adoptó de su madre. Generación tras generación golpeándose el pecho en cada terremoto.
Esa madrugada, mi primera reacción fue afirmar los brazos a Paola para que se calmara y la segunda fue saltar de la cama para ir a buscar a la Vale, que estaba despierta en su pieza, en silencio, viendo cómo sus peluches bailaban en las repisas.
Después estábamos los tres en nuestro dormitorio esperando a oscuras a que todo pasara, sin saber si salir de allí o quedarnos. Nos quedamos y la Vale no lloró. Sólo miraba lo que era el primer terremoto de su vida. Y la Paola finalmente se tranquilizó, pero pude sentir que sollozaba y que seguía golpeándose el pecho disimuladamente, para no asustar a nuestra hija.
No teníamos ni velas ni linternas, así que cuando todo terminó tanteamos las paredes y recorrimos el resto del departamento comprendiendo lo que había pasado. Afuera, en el pasillo del edificio, comenzamos a sentir a nuestros vecinos escapando por la escalera de emergencia.
El resto de la noche la Vale durmió con nosotros y al otro día también, hasta que vino una réplica muy temprano, tipo seis de la mañana. Paola no la sintió, pero sí la Vale y yo. Nos despertamos al mismo tiempo y nos miramos hasta que terminó.
—Quiero volver a mi pieza —me dijo, segura.
La llevé, la arropé, le di un beso en la frente y cuando me di vuelta, juraría que la sentí golpeándose el pecho.
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Posteado por: Pilar Fernández . 09/03/2010 11:30 [ N° 1 ] |
Ufff es verdad q uno aprende lo que ve... ojalá pudiera cortarse esa herencia... pero es tan difícil... |
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Posteado por: Nicole Moya Cornejo 09/03/2010 11:33 [ N° 2 ] |
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!!!!!!! |
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Posteado por: Karina Pérez Oñate 09/03/2010 12:31 [ N° 3 ] |
no es tan grave!! |
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Posteado por: Roberto Irarrazabal H 09/03/2010 18:28 [ N° 4 ] |
Mientras la Vale no empiece a quedar pelada... |
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Posteado por: Pascuala Trujillo carcamo 10/03/2010 14:05 [ N° 5 ] |
Lo encontré genial, es así no más , heredamos las conductas de nuestros padres lo bueno y lo no tan bueno también, pero al llegar a nuestra de edad de madurez podemos modificar esas conductas, lo sé a ciencia cierta, porque soy un vivo ejemplo de ello. |
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Posteado por: Carolina M. L. 12/03/2010 19:02 [ N° 6 ] |
No siempre se heredan las conductas...yo no heredé la frialdad de los míos...me aterro y salgo a buscar refugio. Tengo una tía que logró no traspasarle su trauma a mis primos...les enseñó a escuchar los movimientos de la tierra. Supongo que mi tía aún se pellizca para no salir corriendo como loca. Al final, la tierra se mueve, nos guste o no. Saludos. |
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