Opinión
Martes 02 de Agosto de 2011
Mi skate


Sergio Paz.jpg

Mi mejor regalo de cumpleaños no tenía ni rosita ni papel con motivos ad-hoc. Acababa de cumplir 12 y el regalo/no regalo era un gran bulto envuelto en papel craft, bien asegurado con pitilla plástica azul.

-Ahí está. Espero que estés contento -recuerdo que dijo mi mamá antes de dejar el paquetón sobre una estufa. Luego no hubo torta. Ni velas. Ni nada. Por acuerdo mamá/hijo, todo se reducía al misterioso paquete; el regalo caro, el regalo cacho, el regalo de los regalos. Un regalo tan buen regalo que ni siquiera lo abrí ese día. Cómo no: el regalo no tenía sorpresa. Sabía lo que era. Como suelen ser los mejores regalos, lo había elegido yo mismo.

¿Acaso lo mejores regalos no son los que se hace uno mismo? Todos los demás podrán ser amorosos, cariñosos, útiles o inútiles, da igual. Incluso los chocolates y calcetines siempre estarán bien. La diferencia es que cuando el regalo te lo haces tú mismo no hay frustración; el gran temor que subyace en todo regalo. Poco después, claro, cambiaría la forma en que veo esto.

La cosa fue así: el 30 de noviembre de 1978 -cuatro meses antes de mi cumpleaños- la empresa Hitman había inaugurado el primer skatepark que tuvo Santiago; un hoyo de 1.800 metros cuadrados, en Las Condes cerca de Estoril, increíblemente mal hecho y al que prácticamente no iba nadie. Nadie salvo un grupo de pendexs que se hacía llamar a sí mismos los Camisetas Amarillas y de los cuales había leído una noticia insignificante en el diario.

Más que entusiasmado encontré en la Alameda, cerca de la Torre Entel, la única tienda en todo el país donde vendían skates pro; no como esos de plástico que habían importado en Sparta. Estoy hablando de la casa central de SKF, la megaempresa sueca de ingeniería fundada por Sven Wingquist que, en Chile, tenía como ícono de su alta tecnología los skates de fibra de vidrio que exhibían en una vitrina iluminada las 24 horas. Eso porque su orgullo eran las ruedas de goma que incluían un sofisticado sistema de rodamientos para andar a alta velocidad.

No existía entonces esto de la cultura "street". Y, aunque la gran promo de Coca-Cola ese año era justamente un skate que te podías ganar con la tapa premiada, lo cierto es que poco y nada sabíamos de esto de los "esqueibors". Y, obviamente, nadie tenía idea que apenas unos meses antes, Alan Gelfand había inventado el ollie (no hand´s aerial trick) el truco que sería la base de todas esas increíbles piruetas que inundarían las calles poco después.

En Chile, en ese tiempo, era casi imposible comprar zapatillas Vans, no demasiados escuchaban a Black Sabbath y nadie leía Trasher (la revista de los skaters gringos), aunque ya había quienes comenzaban a ir a la pileta vacía del Parque Bustamante donde lo más top era lograr el shred, derrape de ruedas; el wheelie, andar sobre dos ruedas; el pivot, arrastrarse sobre las ruedas traseras y, el non plus ultra, algún pequeño salto de altura. Eran los años en que uno asociaba el skate a nombres como los hermanos Izzo y Tony Sarroca, este último el rucio choro del barrio, el chico emblema de SKF-Calypso; el capo de capos que bajaba por el camino a Farellones en skate, o el San Cristóbal hasta Pedro de Valdivia Norte.

El skate había cambiado la infancia. Ahora uno podía tener un juguete no juguete: una vía de escape, un vehículo, una forma de vivir la vida libre sobre el pavimento. Jugar, desde entonces, podía ser algo serio. Ya vendría la era de Tony Hawk y sus giros en 90 grados y el gran salto de Danny Way sobre la Gran Muralla China.

Al día siguiente abrí el paquete: allí dentro estaba la tabla con sus ruedas, un casco amarillo, dos gruesas rodilleras, dos coderas, amarillas, obvio. Yo vivía en San Bernardo. Y, si en Santiago con suerte había un skate park, la alternativa allí era lanzarse cuesta abajo por alguna calle con buena pendiente.

Me puse todo el equipamiento de cumpleañero. Me miré al espejo y reí: cresta, parecía un marciano amarillo. En la calle todos se iban a reír de mí. Más considerando que nunca había andado en skate. Pero el problema no era ése, sino que en todo el maldito San Bernardo no había un lugar decente donde andar en skate. Comencé a pensar que había elegido mal el regalo. ¿Me había equivocado de regalo? Nada.

Fue un buen regalo. Mi mejor regalo. Hoy repaso la anécdota y tengo la certeza de que no estuvo mal: en ese autorregalo estaba la esencia de lo que siempre me iba a gustar: andar, sin mirar hacia atrás; parado o en el suelo, se rieran o no se rieran de ti.

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