Opinión
Martes 16 de Agosto de 2011
Traicioneros por naturaleza


Josefina Licitra.

Cuando iba a la escuela secundaria tenía una amiga, y esa amiga tenía un novio que me gustaba. El chico, a decir verdad, le gustaba a todo el mundo: tenía cara de modelo Armani -los ojos líquidos, la sonrisa lúbrica- y encima era bueno, simpático, sencillo, bienintencionado y solidario con los pobres del mundo, así que estar a su lado y no querer besarlo era señal de que estabas mal de la cabeza. Así y todo, siempre me contuve y puse mi amistad sobre mi deseo. Hasta que un día, por motivos que no recuerdo y que probablemente eran lógicos, mi amiga -llamémosla Verónica- intuyó algo y empezó con las preguntas.

-¿Te gusta? -me dijo llorando, borracha, en un boliche.

-¡No! -le contesté.

-No te creo. Júrame que no te gusta.

-No me gusta, te lo juro por mi mamá.

Estábamos sentadas en el piso. Verónica tenía el rímel corrido y la nariz roja, y cuando bebía de más era insoportable: no paraba de llorar. Yo tenía sueño. No había tomado. Respondí a todo que sí y luego la acompañé a vomitar al baño. No había nada que decir. Mi silencio era un velo de cuidado sobre nuestra amistad, que era de veras fuerte.

Era, en realidad, una amistad de tres. Estaba Verónica, estaba yo y estaba -llamémosla- Laura: una chica de rostro aniñado y pequeño, todo diminuto en su cara. Laura no salía a bailar, era estudiosa y aplicada, era prudente. Y era, principalmente, la cheer leader oficial de Verónica: la adoraba más que a nadie sobre la tierra, sentía por ella un amor ciego. Y debe haber sido por eso -esa admiración tarada- que Laura hizo lo que hizo.

Fue una tarde, cuando Laura y yo salíamos de nuestra clase de tenis.

-Decime la verdad... ¿a vos te gusta Pablo? -me preguntó en voz baja. Estábamos caminando por la calle San José, en el barrio de San Cristóbal -ciudad de Buenos Aires-, y ella se mostró tan suave y tan confidencial que yo me convencí de que podía contarle a ella -quien también era mi amiga- mi hipótesis sobre Pablo: que había que ser idiota para pasar por alto toda la belleza junta que esa criatura tenía encima.

-Y sí -contesté-. Un poco sí.

-Me imaginé -siguió ella con sus ojos mínimos, su horrible curva comprensiva en la boca-. ¿Desde hace mucho?

-Ni idea. ¿Pero a vos no te gusta un poco?

-No.

Pasaron desde entonces veinte años. Durante todo ese tiempo me hicieron canalladas peores: me robaron reiteradas veces y en mi propia casa (tuve una amiga cleptómana que se llevó hasta mis corpiños, y eso que no le entraban); me editaron notas con la única intención de destrozarlas; seguramente también me engañaron (agradezco no haberme enterado), y hasta tuve un ex marido periodista y despechado que -furioso por tener que vender un piso que habíamos comprado a medias, y que debíamos liquidar luego de la separación- dijo que yo lo había estafado en un programa de radio de alcance masivo (no dio mi nombre, claro, si tampoco es tonto). Pero por algún motivo, cada vez que pienso en la idea de "traición", la primera imagen, la única, la que obstruye cualquier otro recuerdo amargo, es ésta: la que me encuentra sabiendo, horas después del diálogo en San Cristóbal, que Verónica había enviado a Laura para hablar conmigo y que -principalmente- Laura había accedido a sacarme información y luego delatarme.

No conozco peor traición que la de un infiltrado.

Gracias a los infiltrados se desarman carteles, redes de prostitución y complots terroristas: no me importa. Eso funciona en los diarios y los ministerios policiales. Pero en los mundos privados, en la provincia que somos todos cuando se cierra la puerta de entrada y ponemos el trasero en el sillón, no hay ejercicio más rastrero ni más inmoral.

Los infiltrados la van de amigos y usan la misma mano con la que te palmean para preparar, dibujar y analizar la estrategia con la que van a aplastarte. No delatan por impulso. No hablan bajo el efecto del dolor, el sexo o la amenaza. Para infiltrarse hay que ser calculador, frío y mentiroso. Y hay que tener, principalmente, una lealtad de acero con los principios que motivan la traición. Nada de lo que escuches, lo que veas o lo que se revele ante tus ojos puede apartarte del objetivo máximo: cargarte a tu prójimo y denunciarlo.

Y eso es lo maravilloso del asunto. Que para poder traicionar es imprescindible ser fiel a algo. Que toda traición es, según el ángulo desde donde se mire, un apabullante gesto de lealtad.

***

Hay un capítulo de Grey's Anatomy -esa serie de Sony sobre la vida conflictuada y cool de un grupo de médicos estadounidenses- que cierra hablando sobre la traición. Cuando el organismo te traiciona, dice alguien, la medicina ofrece un abanico de posibilidades para recuperar la confianza en tu cuerpo: hay cortes, suturas, reemplazos, pastillas, trucos de la ciencia que ayudan a tapar el hueco de miedo que deja la carne cuando se malogra. No hay mayor gesto de confianza y reconciliación que el de un hombre con marcapasos corriendo por los bosques de Palermo. De esas traiciones clínicas, entonces, se vuelve.

Pero no se vuelve de las otras.

Hace unos años, por caso, supe de la historia de Antonio Salas. Es un periodista español que se hizo pasar por skinhead durante un año y que gracias a una infiltración perfecta -que incluyó forrar su casa con afiches de Hitler y hacerse amigo íntimo de gente detestable- dejó al descubierto los funcionamientos del movimiento neonazi más importante de la península ibérica. Su libro, "Diario de un Skin", fue el más vendido en España durante el 2003 y fue la punta de lanza de una saga que sigue hasta hoy: un año después, Salas se transformó en proxeneta y escribió un libro sobre la prostitución de alto nivel, y actualmente está infiltrado en quién sabe qué cueva en algún lugar de América Latina.

A estas alturas, Salas es una marca registrada y hasta el director español Tristán Ulloa hizo una película sobre su vida. ¿Su vida? La gran paradoja es que Salas ya no es dueño de su propia existencia. No puede ir a la Feria del Libro a firmar sus decenas de miles de ejemplares vendidos, asistió al rodaje de la película de Ulloa haciéndose pasar por otro, da reportajes sepultado bajo un montículo de anteojos y pañuelos, vive bajo peligro de muerte y no se llama, por supuesto, Antonio Salas. "¿Qué es lo más duro de ser un periodista infiltrado?" le preguntaron en una entrevista. "El miedo -respondió Salas, envuelto en chalinas como un cuadro del Hezbolá-. El miedo a que te descubran la cámara oculta cuando entras solo, sin ninguna cobertura, en un local repleto de cien o doscientos skinhead; o cuando te sientas con un mafioso y boxeador nigeriano a regatear el precio que vas a pagar por una de sus chicas; o cuando un traficante que te está enseñando armas aprieta el gatillo y una bala del 9 corto te pasa rozando. Eso es duro. Cerrar la compra de niñas latinoamericanas de hasta 10 años, vírgenes, para prostituirlas en burdeles europeos a 25.000 dólares cada una es durísimo, y hacerlo procurando contener la rabia y el asco, es más duro aún. Tener que cambiar tu imagen, tu look, tus hábitos, es duro. Pero tener que cambiar tu forma de pensar y de sentir, es decir convertirte de verdad en un auténtico skin, o en un traficante de mujeres 24 horas al día, es lo peor de todo. Siempre está el riesgo de transformarte en ellos, y no volver".

Salas dice, a su manera, que traicionar es como destripar: la garra tiene que vencer las resistencias y atravesar el cuerpo. Pero, principalmente, tiene que regresar cargada. Ese es uno de los principales retos.

El otro reto, una vez que volviste, es que tus traicionados no te encuentren.

Sé de qué hablo.

El periodismo -el que no es propaganda, ni prensa, ni panfleto: el periodismo- parte inevitablemente de un principio de traición. No hablo de lastimar en vano; no hablo de burlar la palabra de los otros. Hablo, simplemente, de entender el periodismo como un descarnado ejercicio de mirada; como un territorio donde la única verdad es la verdad subjetiva; donde se llega a esa verdad con toda la amabilidad posible; y donde el punto de vista del periodista nunca es igual -jamás debería ser igual- al punto de vista del entrevistado.

Ese periodismo -el que no es hecho por adulones a sueldo- tiene, eso sí, un costo: muchos entrevistados no vuelven a darte una entrevista, por no hablar de las cartas-documento.

Perdí la cuenta de la cantidad de gente que, una vez que vio el reportaje publicado, se sintió estafada, malquerida, maltratada y engañada por mí. Sólo tengo tres límites: no violar los off the record, no agredir gratuitamente y no ventilar algún fantasma impronunciable. Pero por afuera de eso, todos los demás engaños -el gesto complaciente, la cordialidad imperturbable, las preguntas aparentemente bobas- son, simplemente, recursos. Parte del asunto. La cara de una moneda que, en su reverso, guarda una verdad cínica y mayúscula: a veces, para serle fiel a una historia hay que traicionar a sus protagonistas. El periodismo trata de eso. Por eso, creo, es un oficio tan delicado y tan definitivo.

De la traición no se vuelve; del periodismo tampoco.

***

El escritor y periodista Truman Capote alcanzó su cima de esplendor -se sabe- con "A Sangre Fría", una novela que pudo escribirse gracias a que antes hubo una traición. Para poder reconstruir la matanza de los Clutter -una familia de campesinos metodistas- Capote se hizo amigo de Perry Smith, uno de los condenados por la masacre. Durante seis años, Capote usó todas sus herramientas -incluida una ternura en la que creo- para sacarle a Perry hasta la última gota de su biografía. Luego, mientras le juraba a Perry que estaba trabajando para que quedara libre, Capote se sentó a esperar un destino que en cualquier caso era inevitable: la horca. Capote necesitaba la ejecución de Perry. Esa muerte cargaba de sentido a todo el libro -y a todas esas vidas- y era, periodísticamente, la diferencia entre una buena crónica y una historia fabulosa. Para muchos, Capote es el mejor ejemplo de que el periodismo tiene un fondo ladino y peligrosamente narcisista. Para otros, esa traición abrió las puertas a uno de los mejores alegatos que existen contra la pena de muerte en Estados Unidos.

A mí, de Capote -o al menos del recorte que hizo el director Bennett Miller en la película sobre su vida- sólo me queda una escena: Capote alimentando a Perry en la boca, del mismo modo en que un granjero engorda a un cerdo en Navidad. Hay, en esa traición dulce y feroz, un elemento profundo. Un beso de Judas. Una metáfora de aquello que alguna vez fuimos todos -traicioneros y traicionados- y que mucho me recuerda a las tardes con mi amiga Laura en San Cristóbal, cuando jugábamos al tenis y nos queríamos tanto.

9 Comentarios publicados
Posteado por:
Jaime López-Montes
16/08/2011 10:23
[ N° 1 ]

Muy rebuscado el tema.

Mucha palabrerìa, le falta sìntesis.

En chileno, amiga che, dos cucharadas y a la papa.

Posteado por:
Sergio Ruz Merino
16/08/2011 11:24
[ N° 2 ]

Hay infiltrados e infiltrados, es perfectamente logico en un trabajo policial que pretenda desarticular movimientos extremistas, sino el FBI tendria que irse para la casa por infiltrar la mafia.

Posteado por:
Irmela Eckermann Ludwig
16/08/2011 11:28
[ N° 3 ]

Largísimo rodeo, a ratos sonso, para una esencia valiosa.

Posteado por:
Jorge Ivan Alvear Cespedes
16/08/2011 11:34
[ N° 4 ]

Ms. Licitra:

Lei la mitad de su articulo,
ya que es muy largo y rebuscado.

El Estado tiene todo el derecho a defenderse de los
terroristas, anarquistas,
revolucionarios, okupas, quintacolumnistas, espias
y otros generos indeseables de esta vida...

Se ha hecho y se hace para evitar los Pearl Harbors y
World Trade Towers... se vigila dia y noche via humint
(inteligencia humana para los
no iniciados), satelites,
espionaje electronico y por
supuesto, Ud. lo adivino,
infiltrados !

Todo estado que se respete lo hace (estoy seguro que Argentina tambien) por lo tanto no hay motivo para tanta alharaca y quebre hipocrita de lanzas
sobre una cosa que es comun en los estados modernos.

Carabineros de Chile esta en su pleno derecho a vigilar e
identificar a los que promueven saqueos, robos, incendios y destruccion en la Republica de Chile.

Es su labor, Ms. Licitra, en
caso que Ud. no lo sepa..

Buen dia, Ms. Licitra y dejeme ver si puedo terminar
de leer su largo articulo...

Jorge I Alvear

Posteado por:
enrique rettig ide
16/08/2011 12:35
[ N° 5 ]

Agotador tu cuento.............

Posteado por:
Jorge Alvarado Robles
16/08/2011 13:24
[ N° 6 ]

Adivinen quién es el infiltrado.

Saludos.

Posteado por:
Alberto Jorge marquez morucci
16/08/2011 16:41
[ N° 7 ]

En pocas palabras mi estimada :
Josefina licitra el ejemplo cunde
Lucas 22:47-53
47 mientras él aún hablaba, he aquí vino una multitud. El que se llamaba judas, uno de los doce, venía delante de ellos y se acercó a jesús para besarle. 48 entonces jesús le dijo:

-judas, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?

49 al ver los que estaban con él lo que había de ocurrir, le dijeron:

-señor, ¿heriremos a espada?

50 y uno de ellos hirió a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. 51 entonces respondiendo jesús dijo:

-¡basta de esto!

Y tocando su oreja, le sanó. 52 entonces jesús dijo a los principales sacerdotes, los magistrados del templo y los ancianos que habían venido contra él:

-¿como a ladrón habéis salido con espadas y palos? 53 habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis la mano contra mí. Pero ésta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas.

Te contesta algo esto mi estimada josefina¿¿¿

Posteado por:
Ana P
16/08/2011 17:17
[ N° 8 ]

No, no me pareció larga ni fome ni nada... me gustó mucho tu columna, si tienes ganas de escribir y sobretodo de entregar bases reales de un tema tan controversial, y que, seamos justos, el resto de los mortales ni nos imaginamos, adelante! Que sea extenso y contundente. Mira que estamos tan rodeados de traicioneros como de vapuleadores.

Posteado por:
sergio demanet hurtado
16/08/2011 17:39
[ N° 9 ]

No creo que un Infiltrado sea lo peor, pues va hacia una Mision un trabajo, que puede aportar beneficios muy altos a una Nación.

Creo que peor es un PATERO, aquel que trabaja contigo y es capar de Sobarte la Espalda. ese que es capaz de perseguir tu cargo en una Empresa y lo hace con malas artes, pues él no esta en una Mision...esta en una funcion canallezca. Solo le interesa su propio beneficio sin motivo alguno que no sea el satisfacerse asi mismo.

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